Luis Alberto Spinetta
era el secreto mejor guardado que tuvo Argentina hasta hace pocos años. Y aunque su
internacionalización demoró, el culto se adelantó. Si bien el rock es la
piel que lo viste, progresivamente su mito alcanzó el cancionero
latinoamericano. Sin provocar la
hipérbole, su obra es tan fundamental e influyente como la de Caetano Veloso o
Víctor Jara. Incluso en Venezuela,
donde el rock no es cultura.
Dentro de las
paradojas de nuestro terruño, Caracas significó una de las primeras
presentaciones del músico fuera de su país. Y por eso el concierto
que ofrecerá este sábado en el Aula Magna de la UCV, a partir de las 7:00 pm,
es tan especial para él: “Tenemos varias cosas a nuestro alcance porque hace 14
años que no voy. El repertorio del
recital unirá lo nuevo con lo viejo, sin necesariamente ahondar en la
nostalgia. Si no, no podría
llevarles la arepita calientita como Dios manda. ¡Me da una gran
emoción poder volver”.
–En Argentina se
especuló con que su reciente producción, Pan , apela intencionalmente al sonido
de Spinetta Jade. ¿Fue su intención?
S– Le dije a un periodista
que me parecía que Pan tenía que ver con el disco Los niños que escriben en el
cielo, de Spinetta Jade, por su característica lírica. Y con eso creo que le
solucioné la cuestión no sólo a él sino a la prensa local: Inmediatamente lo
asociaron con Jade. No puedo desmentir que
esto se parezca a una cosa o a otra porque al final también forma parte de mi
obra. Menos mal que por lo
menos se parece a mí.
Pero no se refiere a
Jade, pues ofrecíamos un material más orientado al jazz. Pan tiene canciones que
son diferentes a las de mis trabajos anteriores. Acá hay otras
cuestiones de piel, que son siempre dentro de un rock de fusión, que vuela alto
y busca variantes.
–En sus tres últimos
discos se percibe un notable acercamiento hacia el funk y el soul. ¿Dónde quedó el rock?
S– Me atrae el soul
porque hay mucha musicalidad en las canciones y se encierran como misterios que
son dignos de prestarles atención. Pocas cosas dentro del
pop, como Björk, me excitan y me emocionan. Esa mirada hacia el
funk, la música de Stevie Wonder y de tantos otros genios me permite expandir
el límite creativo un poco más arriba. Y desearía que eso
también me lo proporcionara el rock. Pero
desafortunadamente el rock nuevo, el rock joven, me aburre. Me cautiva la
propuesta de Mars Volta o ese rock ruidoso de The Strokes. Sin embargo, son casos
puntuales.
–La poesía inmersa en
sus canciones es uno de los principales argumentos de su obra. Si en el álbum Para
los árboles trabajó como recurso literario la trascendencia en un animal, ¿Qué le interesó
instrumentar en su nueva producción?
S– El título del disco
es una de las tantas palabras que me rodea, así como moda, pueblo, permiso,
perdón y gracias Pan es lo que nuestra
gente reclama. Para mí la forma de
poder producir la sensación de ese alimento espiritual es a través de una
música simple, y este disco es líricamente menos imaginario y fantástico que
Para los árboles. Toma más conciencia
del pulso del mundo y de lo que me rodea.
–Justamente, “Buenos
Aires, alma de piedra”, corte incluido en el EP Camalotus (2004), muestra una
faceta poco usual en su cancionero que es la del registro de lo social...
S– Creo que eso tiene
varios antecedentes en mi música. La canción “Me gusta ese tajo”, que es de
1971, asoma: “Debo destruir la mierda de esta ciudad” Padecemos la
aniquilación debido a la corrupción del poder y al engaño. Pareciera que a la
gente honesta le cuesta vivir. Está mejor el que
delinque que el que trabaja. El tema “La bengala
perdida” –incluido en el álbum Téster de violencia– se anticipó a describir un
mundo de saña (en el fútbol) que desde esa época y hasta ahora se enraizó más
en mi país. Asimismo, se
cumplieron 30 años del golpe militar, que hizo tanto daño a Argentina y que era
un plan internacional para aniquilar a la juventud. Así que los referentes
sociales han estado a nuestro alcance. Nada más que por ahí
algunos artistas los usan como pivote para la arenga demagógica y otros los
usamos como fuente lírica.
–Su concierto en el
Poliedro de Caracas significó una de sus menguadas salidas de Argentina. ¿Cuál recuerdo guarda?
S– Esa experiencia fue
bastante difícil porque cuando me alojé en hotel empecé a tener fiebre. Yo me estaba
enfermando y en el avión hizo explosión la gripe. Una enfermera me fue a
ver a la habitación y me dijo –imita el acento venezolano–: “Lo que tú tienes
es un quebranto”. Casi me muero... –en
el argot tanguero, quebranto se usa para llamar a la tristeza–.Tenía que hacer un
montón de entrevistas y traté de hacer todo lo que pude. Realmente, me sentía
tan mal que eso me consumió el tiempo. Cuando subí al
escenario había hecho efecto la medicación, pero estaba agotado. Así que ahora voy con
la esperanza, pidiéndole a la Virgen, que no me pase nada.